La situación de las maras en Zona 18: Un informe

¿Cómo avanza la lucha contra las maras en zona 18?

La zona 18 de la Ciudad de Guatemala se ha destacado durante décadas como uno de los principales focos de operaciones de las maras o pandillas, principalmente la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18. Estos grupos han impuesto un clima de violencia, extorsión, tráfico de drogas y miedo en gran parte de los barrios populares, afectando la vida cotidiana de miles de familias. El desafío, tanto para las autoridades como para la sociedad civil, ha sido revertir ese control territorial, minimizar la influencia criminal y proteger a la población de diversos delitos asociados.

Estrategias de intervención lideradas por el Estado

El Estado guatemalteco ha implementado una variedad de estrategias, principalmente encabezadas por la Policía Nacional Civil (PNC) y el Ministerio Público, en colaboración con el Ejército en operativos de alta peligrosidad. La intervención más significativa fue el reforzamiento del patrullaje permanente en sectores críticos como Colonia Kennedy, El Limón, y otros asentamientos conocidos por fuertes raíces pandilleras.

Durante 2023, según la propia PNC y la Fiscalía contra el Delito de Extorsión, más de 700 personas vinculadas con maras han sido detenidas en zona 18, la mayoría por cargos de asesinato, extorsión y portación ilegal de armas. El Estado ha incrementado el uso de tecnología de vigilancia tales como cámaras de reconocimiento facial y drones, permitiendo identificar rutas de escape y capturar a cabecillas que antes evadían la justicia gracias al conocimiento de calle.

Paralelamente, la aprobación de leyes que endurecen las penas contra la conformación de estructuras criminales, así como el bloqueo de señales telefónicas en centros carcelarios, ha limitado la capacidad de las maras para ordenar crímenes desde prisión, aunque persisten filtraciones y casos documentados de corrupción institucional.

Impacto en la comunidad: datos y percepciones

El avance de la lucha contra las maras no solo se mide por capturas o decomisos de armas, sino por percepciones de seguridad entre vecinos. De acuerdo con una encuesta publicada en agosto de 2023 por la organización Diálogos, el porcentaje de habitantes que reportan sentirse inseguros en sus colonias disminuyó de 74% en 2020 a 59% este año; sin embargo, el temor a represalias aún limita la denuncia ciudadana, especialmente en áreas como Santa Faz y La Verbena.

Estudios de sociología citan que la extorsión sigue siendo el delito más reportado por los pequeños comerciantes y transportistas urbanos. Si bien las políticas de “ventanilla única” para denuncias anónimas han incrementado los registros, muchos ciudadanos admiten que el pago de extorsión continúa por miedo a represalias mortales. Casos recientes, como el atentado contra un chofer de bus en El Paraíso en mayo de 2024, evidencian la persistencia de las amenazas.

Relato de experiencias: testimonios de resiliencia y temor

Historias personales logran dar un rostro humano a los datos; así, Marta, comerciante en la Colonia El Limón, relata que en 2021 se vio obligada a cerrar su tienda tras recibir amenazas de muerte si no entregaba la “renta”. Cuando volvió a abrir en 2024, lo hizo únicamente después de verificar la presencia continua de patrullas y la detención de varios extorsionistas. Su relato expresa tanto el miedo que padeció como las expectativas y confianza que ha colocado en la actuación del Estado.

Por otro lado, jóvenes como Kevin, vecino de Santa Faz, cuentan que la escuela todavía funciona como punto de captación para las maras, incluso con la existencia de programas preventivos. Señala que, si bien la presencia policial ha incrementado, el temor a ser forzado a integrarse a una pandilla o sufrir represalias sigue representando una amenaza silenciosa en su día a día.

Prevención y reintegración: enfoques que se complementan

Frente a la presión ejercida por cuerpos policiales y tribunales, diversas organizaciones de la sociedad civil han promovido estrategias centradas en la prevención y la reintegración, con el fin de romper la dinámica de violencia. Iniciativas como Jóvenes Contra la Violencia y varios centros culturales respaldados por iglesias católicas y evangélicas ofrecen opciones educativas y formación técnica destinadas a jóvenes en situación de riesgo.

La tasa de deserción escolar, asociada directamente al reclutamiento por pandillas, ha disminuido en ciertos sectores gracias a becas y actividades extracurriculares financiadas por la cooperación internacional. Casos de éxito como el de la Fundación Paiz, que formó a más de 200 adolescentes en tecnologías de la información entre 2022 y 2023, demuestran que la prevención puede ofrecer caminos viables frente a la tentación del dinero fácil y el poder de las maras.

Retos constantes y panoramas emergentes

Aunque las cifras reflejan ciertos progresos, la situación sigue siendo inestable. Especialistas en seguridad advierten sobre el riesgo persistente de que las estructuras criminales se reorganicen: la presión de las autoridades impulsa movimientos internos, fomenta la aparición de células más pequeñas con alcance regional o desplaza actividades ilícitas hacia territorios cercanos. Además, la corrupción dentro de las instituciones y la escasez de recursos para robustecer el sistema judicial limitan los avances sostenibles a largo plazo.

La colaboración con países vecinos, como El Salvador y Honduras, facilita el flujo de información y, en ocasiones, la acción conjunta para perseguir a líderes criminales a nivel transnacional. Aun así, la migración forzada de familias que huyen por miedo o posibles represalias continúa, intensificando las condiciones de pobreza y marginación y preparando el terreno para nuevos episodios de violencia.

Reflexión acerca del porvenir de la zona 18 ante la presión constante de las maras

La lucha contra las maras en zona 18 se presenta como un proceso complejo que abarca la intervención firme del Estado, la implicación activa de la sociedad civil, la reconfiguración de las dinámicas sociales y la apuesta por la reintegración de jóvenes en situación de vulnerabilidad; aunque las estadísticas de detenciones y la disminución de ciertos delitos ofrecen señales positivas, la combinación de temor, resistencia comunitaria, colaboración y retos institucionales evidencia que, pese a los avances, estos siguen siendo delicados.

A medida que la violencia criminal se adapta a nuevas circunstancias, surge la necesidad de una mirada integral que mantenga el equilibrio entre la fuerza y la prevención. El futuro de zona 18 dependerá en gran medida de la confianza construida entre autoridades y ciudadanos, la capacidad de innovar en políticas sociales y la perseverancia para enfrentar un fenómeno que es tan complejo como profundamente arraigado en el tejido urbano.

Por Elena Aranda

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